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viernes, 16 de diciembre de 2011
domingo, 30 de agosto de 2009
COMPLICADAS
Fui a la casa de Sofi, es hermosa. Sofi digo. No es que la casa sea fea, pero me estaba refiriendo a ella, a Sofi, no a la casa. No quiero confundir a nadie haciéndole creer que esta me importa más que aquella, Sofi y la casa, no respectivamente, sino al contrario. Es decir que aquella es ella y esta es la otra.
Debo confesar que ahora estoy algo confundido pero ayer las cosas estaban más claras. Ayer, con respecto a hoy, que estoy escribiendo; que no es hoy que usted está leyendo. Aunque es posible que hoy (que está leyendo esta nota, usted, no ella) también la esté viendo, yo a ella, no usted a ella, es decir a Sofi, no a la nota.
El hecho es que sin que lo sepa, me robé del escritorio una foto suya. No de usted sino de Sofi y no sin que yo lo sepa sino ella. La guardé en mi billetera.
Ahora la miro con amor, a la foto ya que con la billetera no tengo ningún vínculo especial. Sin embargo me doy cuenta que es una porquería, tendría que tirarla o quemarla. No la soporto más. Su color pálido, su olor nauseabundo. Es hora de que me compre otra billetera.
Me siento culpable, tendría que devolverla, no la billetera, la foto. Después de todo quién va a quererla, ya está vieja, no la foto, ni Sofi, la billetera.
La llamé por teléfono y me atendió la mamá. De Sofi, claro, las billeteras no tienen madre.
- Tengo que confesarle algo a su hija–le dije
- ¿Qué?
- Yo tomé una foto del escritorio.
- ¿Tanto te gusta el escritorio como para sacarle una foto?
- No, la foto estaba en el escritorio, pero era una foto suya.
- ¿Mía? Deberías haberte llevado una de ella.
- No suya, sino suya.
- ¿Por qué?
- Porque me tiene loco de amor.
- Eso está muy mal, sos muy chico y yo soy una mujer casada.
Corté. El abuelo tenía razón. El abuelo de ella no, y cuando digo ella no me refiero a la mamá de Sofi sino a Sofi. Quiero decir: el abuelo mío tenía razón. No es que el abuelo de Sofi no tuviera. Y que quede claro que no estoy diciendo que el abuelo de Sofi no tuviera abuelo, sino razón.
De hecho ni lo conozco. Al abuelo de Sofi, al mío sí lo conozco. En fin, el abuelo mío tenía razón cuando me decía que las mujeres son complicadas.
Debo confesar que ahora estoy algo confundido pero ayer las cosas estaban más claras. Ayer, con respecto a hoy, que estoy escribiendo; que no es hoy que usted está leyendo. Aunque es posible que hoy (que está leyendo esta nota, usted, no ella) también la esté viendo, yo a ella, no usted a ella, es decir a Sofi, no a la nota.
El hecho es que sin que lo sepa, me robé del escritorio una foto suya. No de usted sino de Sofi y no sin que yo lo sepa sino ella. La guardé en mi billetera.
Ahora la miro con amor, a la foto ya que con la billetera no tengo ningún vínculo especial. Sin embargo me doy cuenta que es una porquería, tendría que tirarla o quemarla. No la soporto más. Su color pálido, su olor nauseabundo. Es hora de que me compre otra billetera.
Me siento culpable, tendría que devolverla, no la billetera, la foto. Después de todo quién va a quererla, ya está vieja, no la foto, ni Sofi, la billetera.
La llamé por teléfono y me atendió la mamá. De Sofi, claro, las billeteras no tienen madre.
- Tengo que confesarle algo a su hija–le dije
- ¿Qué?
- Yo tomé una foto del escritorio.
- ¿Tanto te gusta el escritorio como para sacarle una foto?
- No, la foto estaba en el escritorio, pero era una foto suya.
- ¿Mía? Deberías haberte llevado una de ella.
- No suya, sino suya.
- ¿Por qué?
- Porque me tiene loco de amor.
- Eso está muy mal, sos muy chico y yo soy una mujer casada.
Corté. El abuelo tenía razón. El abuelo de ella no, y cuando digo ella no me refiero a la mamá de Sofi sino a Sofi. Quiero decir: el abuelo mío tenía razón. No es que el abuelo de Sofi no tuviera. Y que quede claro que no estoy diciendo que el abuelo de Sofi no tuviera abuelo, sino razón.
De hecho ni lo conozco. Al abuelo de Sofi, al mío sí lo conozco. En fin, el abuelo mío tenía razón cuando me decía que las mujeres son complicadas.
martes, 30 de junio de 2009
Un embarazo no deseado
- Estoy como mareada- comentó la empleada apoyándose sobre el mostrador - no sé que me pasa, hoy no estoy bien- agregó.
Una señora que estaba adelante sentenció:
- debe ser el corazón-
Asombrado por la seguridad del diagnóstico me apuré a decirle a la chica, que por fortuna no debía ir al médico ya que esta clienta había encontrado la causa de su mal con más rapidez que cualquiera. La señora se dio vuelta para mirarme y ratificó:
- Lo que digo lo digo por mi propia experiencia-
- ¿Tiene experiencia diagnosticando?- dije.
- No. Lo digo por mi propia experiencia, porque yo también me mareo y es porque tengo el corazón malo- dijo.
- Ah, si es por experiencia entonces yo también puedo diagnosticar- dije entusiasmado ante la nueva posibilidad laboral que se me abría y mirando a la chica dictaminé
- Estás embarazada- y aclaré - no es que tenga experiencia directa con el tema del embarazo, nunca estuve en esa situación, pero mi mujer sí y ya que ayudé con el proceso de gestación y seguí atentamente los concejos del obstetra, del ginecólogo y del neonatólogo tengo autoridad sobre la cuestión. Incluso presencié el parto, lo cual también me califica para ofrecer mis servicios de asistente en el parto suyo, si así lo desea.
Tuve cuidado de advertirle que si el parto fuera por cesárea no podría colaborar, no me parecía bien entrar en terrenos en los que soy lego.
- Pero no estoy embarazada- dijo tratando de convencer a todos, incluyendo a su jefa que la miraba atrincherada detrás de los lentes, y de la caja registradora.
- ¿Cómo estás tan segura?- le pregunté- ¿Vos también hablás por experiencia propia? ¿Ya habías estado embarazada antes o asististe algún parto?
- No, pero es imposible que esté embarazada-
- Pero si a tu edad vos ya debés ser señorita ¿o me equivoco?
- No - contestó.
-¿No qué? ¿No sos señorita o no me equivoco?-
- Si, quiero decir, si, ya fui señorita.
-¿Fuiste? ¿ya no sos más?- dije ya algo confundido.
No hay caso, hay mujeres complicadas, síntoma de su estado de gravidez, pensé. Ella continuó:
- Soy señorita, pero no creo estar embarazada. ¡No estoy embarazada!-
- Entonces la señora tiene razón, estás mal del corazón.
- No, tampoco.
- Bueno, tenés que ser un poco más decidida, y más ahora en tu estado.
- Le digo que no estoy embarazada, no es posible- volvió a decir.
- ¿Preferís estar enferma del corazón o estar embarazada?- pregunté.
- Estar embarazada por supuesto.- y agregó después - pero no estoy.
- No tenés nada de que preocuparte, vendrá con un pan bajo el brazo.- bromeé tratando de que aflojar la tensión.
- Les repito que no estoy embarazada- gritó ahora para todos.
- Bueno, no te pongas así. Le puede hacer mal a la criatura. Dame un kilo de flautitas.- dije
– ¿De manteca? - preguntó la chica aliviada.
- Sí, por favor.- dije evitando volver al tema. Creo que ella quería manejarlo con discreción. Puso los panes en la bolsa y me despidió.
- Adiós- contesté antes de salir y acercándome a su oído susurré cómplice- y que nazca con salud.
Una señora que estaba adelante sentenció:
- debe ser el corazón-
Asombrado por la seguridad del diagnóstico me apuré a decirle a la chica, que por fortuna no debía ir al médico ya que esta clienta había encontrado la causa de su mal con más rapidez que cualquiera. La señora se dio vuelta para mirarme y ratificó:
- Lo que digo lo digo por mi propia experiencia-
- ¿Tiene experiencia diagnosticando?- dije.
- No. Lo digo por mi propia experiencia, porque yo también me mareo y es porque tengo el corazón malo- dijo.
- Ah, si es por experiencia entonces yo también puedo diagnosticar- dije entusiasmado ante la nueva posibilidad laboral que se me abría y mirando a la chica dictaminé
- Estás embarazada- y aclaré - no es que tenga experiencia directa con el tema del embarazo, nunca estuve en esa situación, pero mi mujer sí y ya que ayudé con el proceso de gestación y seguí atentamente los concejos del obstetra, del ginecólogo y del neonatólogo tengo autoridad sobre la cuestión. Incluso presencié el parto, lo cual también me califica para ofrecer mis servicios de asistente en el parto suyo, si así lo desea.
Tuve cuidado de advertirle que si el parto fuera por cesárea no podría colaborar, no me parecía bien entrar en terrenos en los que soy lego.
- Pero no estoy embarazada- dijo tratando de convencer a todos, incluyendo a su jefa que la miraba atrincherada detrás de los lentes, y de la caja registradora.
- ¿Cómo estás tan segura?- le pregunté- ¿Vos también hablás por experiencia propia? ¿Ya habías estado embarazada antes o asististe algún parto?
- No, pero es imposible que esté embarazada-
- Pero si a tu edad vos ya debés ser señorita ¿o me equivoco?
- No - contestó.
-¿No qué? ¿No sos señorita o no me equivoco?-
- Si, quiero decir, si, ya fui señorita.
-¿Fuiste? ¿ya no sos más?- dije ya algo confundido.
No hay caso, hay mujeres complicadas, síntoma de su estado de gravidez, pensé. Ella continuó:
- Soy señorita, pero no creo estar embarazada. ¡No estoy embarazada!-
- Entonces la señora tiene razón, estás mal del corazón.
- No, tampoco.
- Bueno, tenés que ser un poco más decidida, y más ahora en tu estado.
- Le digo que no estoy embarazada, no es posible- volvió a decir.
- ¿Preferís estar enferma del corazón o estar embarazada?- pregunté.
- Estar embarazada por supuesto.- y agregó después - pero no estoy.
- No tenés nada de que preocuparte, vendrá con un pan bajo el brazo.- bromeé tratando de que aflojar la tensión.
- Les repito que no estoy embarazada- gritó ahora para todos.
- Bueno, no te pongas así. Le puede hacer mal a la criatura. Dame un kilo de flautitas.- dije
– ¿De manteca? - preguntó la chica aliviada.
- Sí, por favor.- dije evitando volver al tema. Creo que ella quería manejarlo con discreción. Puso los panes en la bolsa y me despidió.
- Adiós- contesté antes de salir y acercándome a su oído susurré cómplice- y que nazca con salud.
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