martes, 3 de enero de 2012

SIRENA



Yonteutikós era de las sirenas, la más joven y como se verá, la última. Su madre, la más bella de las sirenas del Mediterráneo la había parido frente a las costas de Amorgós y para sorpresa de todos los que habían asistido al nacimiento Yonteutikós no emitió ningún sonido, ni un llanto a los que nos tienen acostiumbrados los seres vivos al nacer.
La sirena muda fue la preocupación de todo el grupo de sirenas quienes, propensas como eran a ver negros designios en cualquier tipo de anomalía, comenzaron a tomar distancia de la recién llegada. Atemorizados por lo que puediera significar el fenómeno acaecido en el cardumen, los machos de la especie habían perdido la potencia y el deseo sexual. El clan no tuvo en los siguientes años ningún otro nacimiento.
Llegada a la pubertad, su madre fue a ver al oráculo, Yonteutikós la seguía a unos metros de distancia, nadando con gracia y desplegando sus cabellos que ondulaban como una estela de oro. Era tan hermosa como muda.
El oráculo masticaba unos tallos de algas cuando las vio llegar y dijo “Las estaba esperando”, tal y como dicen todos los oráculos cuando alguien llega. La madre de Yonteutikós no tuvo la necesidad de explicar los motivos de su visita, todos bajo el mar sabían la situación y obviamente el oráculo, quien tenía exelentes informantes, también. Así pasaron las horas ellas flotando graciosamente frente a él hasta que los últimos rayos del sol abandonaron las transparentes aguas del mar. Finalmente el oráculo dijo con gravedad “El silencio es la gran virtud de esta criatura, deberían agradecer que de su garganta no salga sonido alguno”. El oráculo cerró sus ojos con gesto pensativo y los conservó durante largo rato, hasta que las dos sirenas comprendieron que la entrevista había terminado y se alejaron hacia su hogar.
Pasados unos años, a la edad en la que toda sirena está en la plenitud de su belleza y entrando en su período de fertilidad, a la hora exacta del solsticio, el cuerpo de Yonteutikós amaneció acariciado por los rayos del sol que se colaban por entre las olas; su instinto sirenil no pudo contener más la música acumulada y las notas musicales comenzaron a salir, dulces y encantadoras como ninguna sirena nunca antes hubiera oido. Las melodías viajaban desde el fondo hasta la superficie del mar, los peces enloquecidos entraron en celo y los cardúmenes procreaban sin cesar mientras con el correr de los días Yonteutikós cantaba incesantemente. Las costas del Mediterráneo generaron cosechas históricas tanto en sus costas europeas, como en las de África y Asia y el mundo conocido tuvo su período de mayor prosperidad y riquezas. De la abunancia devino la paz y el desarrollo de las culturas costeras legó a su máxima expresión.
Sin embargo, los machos de la especie comenzaron a desvariar, lanzandose contra los acantilados y chocándose unos a otros y sin sentido de la orientación murieron. La especie prosperó por algún tiempo en manos de las hembras que daban rienda suelta entre ellas al desenfreno sexual producido por el canto de Yonteutikós.
Con el devenir de sus últimos años, las sirenas fueron envejeciendo, con excepción de Yonteutikós, quien cantaba hermosas melodías aún durante sus horas de sueño. Habiendo muerto todos sus congéneres, finalmente enmudeció. Una vejez repentina terminó con ella y el océano silencioso la ocultó el cuerpo en su fondo. Ahora sólo las ballenas intentan imitar su canto transmitiendo, generación tras generación, las melodías aprendidas antes de que el hombre aprendiera a cazarlas.

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