sábado, 7 de enero de 2012

MI PIE IZQUIERDO

En la puerta del patio el perro duerme sobre un trapo de pisos, su cabeza está apoyada en mi ojota. No se en qué momento me la sacó. Un camino de caracol, tal vez de babosa, atraviesa su plato de comida.
Cada vez que me acerco para recuperar mi ojota mira de reojo y me gruñe. Tendría que darle su merecido. Le grito pero no se da por enterado así que me voy con una sola ojota, no tengo ganas de pelear. Miento, tengo ganas, lo que no tengo es energía.
Héctor es de Laura pero nunca lo reclamó y no creo que a después de tanto tiempo lo haga. Me acuerdo del día que lo trajo, en una caja de zapatos. No crece casi nada dijo cuando vio mi cara. Creció enorme, ahora me sigue con las orejas como si fueran radares, sigue el chancleteo rengo con desilusión, hoy no habrá combate. Cuando hablo de combate no me refiero a un juego, no nos lastimamos pero no se trata de un juego, más bien es una forma de compartir el territorio ahora que Laura no está.
Este lugar me asfixia, dijo, y se fue. Pensé en decirle algo gracioso sobre Héctor y que creció mucho pero no dije nada. Nos dejó a los dos. Las primeras noches durmió junto a la puerta de calle, nervioso, atento. Con el tiempo se acostumbró. Yo no, pero no estoy nervioso.
Salgo a comprar un par de ojotas, en el camino me quemo el pie izquierdo, la vereda a esta hora está hirviendo. Me paro cada tanto haciendo equilibrio sobre el derecho que está calzado.
Por fin estoy volviendo con las ojotas nuevas. Casi tiro la vieja en un tacho de la calle pero cambié de opinión, se lo voy a tirar por la cabeza a Héctor. Me imagino la escena, paf, el sobresalto y el gemido lastimoso. Siento un poco de pena por él pero enseguida se me pasa.
Hace calor, peso mi ojota en mi mano mientras abro la puerta. Héctor duerme, yo agarro la ojota del talón como si fuera a lanzar un cuchillo. Levanto la mano por sobre el hombro y apunto, contengo la respiración, ya estoy disfrutando de la venganza y reprimo una carcajada de placer. Lanzo la ojota, vuela dando vueltas en el aire, pasa por encima de Héctor y rebota contra la pared. Ni se despertó. Me saco la ojota nueva, la del pie izquierdo, corrijo la puntería, esta vez no voy a fallar. La lanzo y ahora si, anticipo la trayectoria, se dirige con precisión a la cabeza, Héctor levanta el hocico y la muerde en el aire. La pone junto a la otra, apoya la cabeza sobre las dos ojotas y sigue durmiendo.
Me voy a dormir una siesta, cuando el sol esté más bajo lo tengo que sacar a pasear.

3 comentarios:

Anahí Flores dijo...

se quedó con tus dos ojotas derechas, con tus dos ojotas izquierdas, o con una de cada?

Gep dijo...

Me gusta leer tus textos pero me quedo con curiosidad, son fragmentos de historias que no se bien de dónde vienen ni tengo en claro a dónde van. Me pasa también con algún tipo de cine actual, creo que la limitación es mía.

Dario Kullock dijo...

Anahí: ya perdí la cuenta de las ojotas.
Guille: No sé qué decirte, hay veces que tampoco yo sé dónde van las historias. Algunas necesitan ser completadas por el lector. Doy algunas pistas y el resto (si tengo suerte) se completa en la cabeza del que las lee.