domingo, 26 de diciembre de 2010

perno y corona




Lo primero es el perno, que es algo así como una tuerca que sueldan al hueso de la mandíbula. El costo: una fortuna. Después viene el diente propiamente dicho que se atornilla al perno. El costo: otra fortuna. Habiendo comprendido que me sería imposible disponer de dos fortunas decidí convocar a un amigo para que me ayudara con la fortuna restante.










Mi amigo transitaba por una dificultad similar y el destino quiso, con la ayuda de algunas colonias bacterianas, que coincidiéramos en la misma pieza dentaria: un canino cuya ausencia había dejado un vergonzoso hueco en el lugar de nuestras sonrisas seductoras de antaño, condenándonos a una seriedad que sosteníamos estoicamente aún ante el mejor de los chistes, ganando fama de amargados en nuestros círculos sociales. Nos vimos obligados a reír con los labios apretados para ocultar nuestra carencia y nuestras cariencias, con lo cual nuestras risas parecían un ataque de epilepsia. La impresión que causaban nuestros estertores hizo que amigos y parientes se abstuvieran de bromear cuando estaban con nosotros.





Con Carlos habíamos compartido muchas cosas, entre ellas el auto. Nos turnábamos un fin de semana cada uno, salvo cuando salíamos juntos; por eso la idea de compartir el implante dentario surgió con naturalidad. Se lo hicimos saber al dentista quien al principio reaccionó con sorpresa pero luego consintió en realizar la operación. Nos colocó a cada uno un perno e hizo un diente que compartiríamos, abaratando notablemente los costos.

Hicimos un reglamento para que no haya desacuerdos en el uso del diente. Lo tendríamos una semana cada uno, debíamos entregarlo perfectamente cepillado y libre de todo tipo de restos de alimentos, etc.

Los días que salíamos juntos, si alguien contaba un chiste merecedor de una carcajada nos turnaríamos en el uso del mismo para dar riendas sueltas a nuestra risa alternadamente. Si uno de nosotros sentía la necesidad de sonreír galantemente a alguna señorita, el otro debía desatornillar rápidamente el canino y entregarlo (en caso de urgencias como estas, el párrafo correspondiente a la higiene quedaba anulado por la falta de tiempo).

El diente vacacionaba un mes con cada uno.

Tanto lo cuidamos que desatendimos el resto de nuestra dentadura y fuimos perdiendo uno a uno el resto de nuestros dientes. Anduvimos por la vida una semana sin un diente y la otra con un diente. La situación se fue haciendo insostenible. La semana pasada decidimos dar por terminada nuestra sociedad. Dividimos nuestros bienes. Él se quedó con el auto y yo con el diente pero tardé en darme cuenta de que la división no había sido justa. Hoy a la mañana vi a Carlos pasar caminando. Cuando le pregunté por el auto me contestó que lo había vendido y se despidió de mi sonriendo obsenamente con todos su dientes.






5 comentarios:

La lectora dijo...

Mientras iba leyendo el texto se me fueron ocurriendo muchas cosas, pero cuando llegué al final me olvidé de todo y ya no sabía qué pensar.
Eso sí: si querés te paso el dato de un dentista.
¡Beso!

Viejex dijo...

Brillantes!!!

(me refiero al relato...y a la nueva dentadura de Carlos)

Los Escritos Vuelan dijo...

ajajaj (interpretar como sonrisa modesta), muy bueno!

Dario Kullock dijo...

Muchas gracias por sus comentarios, disculpen que no me ría con ustedes.

Flaca dijo...

Es tan bueno este cuento que de vez en cuando vuelvo a leerlo y me río a pesar de mis dientes