Dos almas opuestas pueden ser, ocasionalmente,
complementarias y lo fueron. Ella tenía un espíritu que rápidamente se aburría
de sí. Se había resignado a ser lo que se dice una oveja negra. Ella no
podía evitar la inaceptación de su entorno. Llegó a prometerse varias veces mantenerse más
tranquila y hacer lo que fuera para “encajar”, pero la tormenta
que tenía adentro no le permitía cumplir con lo que se proponía.
La quietud era peor que la muerte, la quietud era el horror de la
inexistencia, el horror de no haber nacido jamás, y quien no nació
no muere y "es preferible mil veces morir a quedarse quieto". Pero
el movimiento incesante de Carmen era, muchas veces, una acción sin
sentido, un ir y venir de aquí para allá, sin objeto, como el de un
león en la jaula del zoológico. Esa era la
trampa lastimosa de su espíritu. La quietud era la nada y el
movimiento era un intento eternamente fallido de llenar con vida un
recipiente averiado que pierde todo lo que en él depositan.
Él en cambio, estaba gobernado por un carácter
tan quieto que podría decirse inerte, con una inercia calma que lo
mantenía en el lugar aunque todo cambiara locamente a su alrededor,
como un punto fijo en medio de un terremoto. Tenía una capacidad
precaria para adaptarse a los cambios que se producían a su
alrededor.
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