lunes, 17 de septiembre de 2012

LA ISLA MISTERIOSA (tal vez un homenaje a Julio Verne)



Cuando tenía 12 años me regalaron las obras completas de Julio Verne. Yo ya había leído “Viaje al centro de la tierra”, “20.000 leguas de viaje submarino” y “De la tierra a la luna” de la colección Robin Hood. Esos libros me encantaban, con el héroe de los pobres en el fondo de la contratapa, erguido con su arco, su carcaj y la pluma en la cima de su gorro. La colección Robin Hood de tapa amarilla me encantó con sus narraciones ficcionales pero el par de tomos de obras completas de Julio Verne me sumergió en otra dimensión, me había enamorado del libro como objeto: la encuadernación en cuero encerraba cientos de delicadas hojas de papel de arroz. Del lomo cocido salía una cinta angosta que hacía de señalador. Parecía una biblia y para mí lo era. Ese era “El Libro”.
“La isla misteriosa” fue la primera novela que me puso en una situación hipnótica que me atrapó de una manera que hasta el momento no había conocido. Volvía de la escuela con el deseo único de buscar el libro, seguir la cinta del señalador que, como las migajas de Hansel, me llevaría de nuevo al punto de la historia abandonado el día anterior.
La cena y el baño eran las malditas necesidades que la biología interponía como obstáculos entre la aventura y yo. Llegué a desear que el libro fuera sumergible para no interrumpir la lectura mientras me bañaba.
Hubo días que iba a la escuela prácticamente sin dormir, tenía que continuar la trama, una página me llevaba a la otra, “la última página y me voy a dormir” pensaba mientras el ingeniero Ciro realizaba las transformaciones químicas necesarias para fabricar ácido sulfúrico y nitroglicerina, pero luego me iba a lavar la cara con agua fía para despabilarme y volvía a meterme en la isla en cuyas profundidades y bajo la superficie de sus aguas se escondía un gran misterio que era necesario resolver. La lucha contra el sueño era cruel y finalmente caía rendido y para colmo la escuela intentaba distraerme con lecturas obligatorias ¿cómo abandonar un libro por otro? ¿cómo concentrarme en otras narraciones? Serle infiel a ese universo que Verne había construido en mi imaginación. Leer un libro pensando en otro.
Un volcán estaba por entrar en erupción y yo perdiendo tiempo en la escuela cuando sólo quedaban seis meses para escapar con vida de la isla que sería arrasada por la erupción volcánica.
Ya antes el inglés Daniel Defoe me había regalado su Róbinson Crusoe pero esta versión de naufragio en que la ciencia y la fantasía se daban la mano hizo volar mi cabeza a un nuevo nivel de ensoñación.
¿Por qué me atrapó de esa manera? Me pregunté años después. A veces hay que conformarse con el placer y no hacerse tantas preguntas, ser un simple espectador del universo literario. Me gustó y ya. Así la pregunta se desvaneció y sólo quedó el recuerdo emotivo del viaje. Hace algunos días leyendo unas notas de Ray Bradbury vino a mí la respuesta a la pregunta que había dado por difunta. Respuesta y pregunta vinieron juntas como si fueran una misma cosa, como la luz de un flash, en el momento en el que él describía la sensación de sumergirse en Moby Dick para preparar el guión de la película que luego protagonizaría Gregory Peck. Como un torrente donde confluían varias vertientes llegó a mí el agua de este río, Robinson Crusoe, La Isla Misteriosa, Ray Bradbury, y Boris Cirulnik con su investigación sobre la resiliencia.
¿Todo para qué? Para entender que todos tienen sus heridas y andan con ellas a cuesta aún a la temprana edad de 12 años y que tanto Robinson Crusoe como los habitantes de La Isla Misteriosa nos muestran un panorama esperanzador en el que seres humanos en situaciones extremas y traumáticas salen adelante transformándose en los héroes de sus propias desventuras. La resiliencia, esta capacidad de salir mejorado de las circunstancias más dolorosas.
  Ahora, lejos de la infancia, habiendo sobrevivido a los naufragios, navegando en una balsa o volando en un globo que me arrancaba de la prisión aplastante de una realidad trastornada para llevarme a la isla montado sobre los vientos caprichosos, ahí yo construí mi “isla misteriosa”, junto con Ray Bradbury, Daniel Defoe, Julio Verne y otros amigos con los que me encuentro de tanto en tanto para que la fantasía le de sentido al mundo real en el que sobrevive el niño que todavía soy.

4 comentarios:

Viejex dijo...

Creo que nos ha dejado a todos mudos. Es la segunda o tercera vez que leo este artículo y me lleva invariablemente a mis propias noches de insomnio, a los mismos sentimientos de infidelidad a la trama que estaba leyendo, a esa pulsión inagotable e irresistible a dar vuelta a una página más...pero me aturde la respuesta a esa pregunta que yo también me debo haber formulado, porque me suena a revelación.

Abrazos, mi viejo.

Dario Kullock dijo...

Abrazos amigo

A CANTO PELADO dijo...

Me encantó este relato. Me identifiqué muchísimo con la pasión por la lectura. Y por esas mismas lecturas (más por el lado de Salgari.
UN beso grande.
Diana

La curiosidad mató al gato dijo...

Que afortunado eres al haber tenido esos libros a tan corta edad.