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domingo, 13 de noviembre de 2011

LA LECTORA SOBRE EL MURO



Este breve texto fue publicado en "La lectora en la ciudad", un blogg amigo con quien ya compartimos varias publicaciones. Pasen y paseen por su blogg que está lleno de cosas bonitas entre textos, fotos e ilustraciones.



La lectora sobre el muro 

La lectora está sobre el muro, plana. No lisa sino plana sobre los accidentes del revoque y de 


las grietas. Se mete dentro de las fisuras, tal vez pasando hacia el otro lado, introduciéndose 


en el convento donde se oyen las confesiones que nunca saldrán de él.


La lectora es una misma y sola sombra, sola con su libro. La lectora no se mueve pero su 


sombra sí, cambia de tamaño y desaparece cuando la luz se va. O quizás, y he aquí la idea 


más inquietante, cuando la oscuridad ocupa todo, la lectora en su sombra que antes era esa 


silueta definida, se convierte en una lectora absoluta que todo lo cubre y todo lo lee, hasta 


que regresa la luz y rebrota otra vez como silueta.

viernes, 3 de diciembre de 2010

El efecto lupa

Cuando terminé de escribir el relato que sigue, lo leí. Antes no lo había leído ya que estaba ocupado escribiéndolo. Cuando terminé, caí en la cuenta de que podría ser un texto apropiado para “La Lectora”. Entonces me levanté de la cuenta en la que había caído y le consulté a la mismísima Anahí sobre la posibilidad de publicarlo simultáneamente, como lo habíamos hecho con "La lectora frente al monitor", "La lectora en el espacio" y "La lectora en su auto". La foto es de la fotógrafa italiana Andrea Galvani.
Aquí va:


Leer en la calle te quema la cabeza. A mí se me quemó la cabeza, no me mires así. La gente en el colectivo se alejaba como si fuera un leproso y era por el olor a pelo quemado. Mirá, mirá cómo me quedó, todo chamuscado, todavía me sale humo.
Vos sabés que a mí me gusta leer hasta cuando voy caminando, pero ahora con la presbicia tengo que salir con anteojos aunque vaya al quiosco de la esquina porque si no, no puedo leer. Todo es más difícil, perdés la visión periférica y eso es muy grave porque la visión periférica es la que te permite leer y al mismo tiempo no llevarte un árbol por delante o pisar cualquier cosa mientras vas leyendo y caminando. Y encima se te quema la cabeza.
Hoy había un sol que rajaba las baldosas y para cruzar la calle me tengo que subir los anteojos porque sino me mareo, me los pongo en la cabeza como una vincha ¿entendés? Después de cruzar me los pongo otra vez para seguir leyendo. Vos te preguntarás qué tiene que ver lo del sol con lo de los anteojos en la cabeza. La cuestión es que hace una hora, eran las doce del mediodía, me paró el semáforo de Santa Fe y Pueyrredón, así que me subí los anteojos a la cabeza y me quedé ahí, apoyado en el semáforo esperando el verde. ¡Gran error! Al ratito nomás empecé a sentir el olor del pelo quemado, cada vez más fuerte, y después el humo. Te juro que no sabía de dónde venía semejante peste hasta que la gente empezó a mirarme la cabeza ¡Tenía la cabeza como una antorcha! No sabés qué susto.
Al principio pensé que algún turro me había prendido fuego, pero no: era el “efecto lupa” ¿te das cuenta? Los anteojos en la cabeza, el sol, ¿te acordás cuando encendíamos fuego con la lupa en el patio de la escuela? Bueno, lo mismo. Los anteojos me hicieron el “efecto lupa”.
Por eso te digo, después de los cuarenta te agarra la presbicia y ya no podés leer en la calle mientras caminás, por el efecto lupa. Leer en la calle te quema la cabeza.

sábado, 4 de septiembre de 2010

La lectora frente al monitor

Aquí va un texto breve que escribí para "La lectora en la ciudad". Está motivado por esta foto que Anahí Flores tomó. De paso recomiendo darse una vuelta por su blogg.

El paisaje es un poema, un texto fantástico, una visión mágica de un texto de Michael Ende o de Tolkien, el marco en el que se desarrolla un pasaje de Jack London o la infancia de Máximo Gorki. Un paisaje, una imagen y en ella, múltiples lecturas, ¿y la lectora? La lectora mira esta nieve, este pino, este universo blanco y verde y lo lee. La lectora lee en este instante; lee y en su cabeza escribe una novela, un cuento, un verso, un ensayo. Dondequiera que estés, lectora, decime: ¿qué estás leyendo sobre este paisaje verde?

miércoles, 9 de junio de 2010

LA LECTORA EN SU AUTO



Otra lectora recorre el blogg y esta vez en auto y con foto incluida. La foto pertenece a Miguel Sampedro y fue publicada junto con el relato en La lectora en la ciudad, el blogg de Anahí Flores. Lo recomiendo.


La lectora se sube a su auto nuevo pero a las pocas cuadras siente un tironeo, un síntoma inequívoco de síndrome de abstinencia. Necesita continuar el libro que dejó marcado en la página 46 con la oreja superior de la hoja doblada. Acostumbrada como está a leer mientras viaja en el colectivo o en el tren, su nueva adquisición automotriz es un estorbo, una molestia imprevista. En el siguiente semáforo despliega el libro en la página señalada y busca el renglón en el que su lectura se vio interrumpida. El tiempo demuestra otra vez su relatividad y lo que para la lectora es un momento insuficiente, para el resto de los conductores es una eternidad y aunque ella ignora los gritos y bocinas, una mano golpea su ventanilla y la devuelve a la realidad. La lectora se detiene junto al cordón para terminar ese párrafo, no puede seguir rumbo al trabajo sin saber cómo termina, y lo mismo le pasa con el párrafo de abajo y luego con el siguiente. La lectora llega tarde. Con el pasar de los días trata de perfeccionar su método de lectura e intenta de varias formas leer cuando el auto se detiene, bendiciendo los embotellamientos porteños, pero sus llegadas tarde la dejan al borde del despido. Finalmente la lectora concluye que manejar un auto y leer son actividades incompatibles y peligrosas cuando van juntas. Los días siguientes la lectora viaja nuevamente en colectivo, vende el auto y recupera sus horas de lectura, los pormenores del tránsito quedaron nuevamente fuera de su universo

martes, 25 de mayo de 2010

La lectora en el espacio

El cuento que sigue fue escrito escrito originalmente para el blogg "La lectora en la ciudad". En él Anahí Flores pone a pasear a una lectora por diversos lugares de la ciudad, acompaña los textos con hermosas imágenes fotográficas. Recomiendo dejarse llevar por la lectora en sus distintos espacios.

La nave sigue su trayectoria inequívoca como inequívocos fueron los cálculos de la computadora central de la Tierra.
Ana controla el funcionamiento de los sensores de presión, temperatura y humedad de la cabina. Todo fue previsto para que descienda automáticamente sobre ese planeta que será la salvación de la humanidad. Todo menos una única maniobra manual que deberá hacer Ana en el momento oportuno.
La tecnología avanzó, tal vez más rápido que lo que el hombre tardó en adaptarse a ella. Por eso mientras la Tierra exhala sus últimos suspiros, Ana se dirige a otro planeta como un pájaro huérfano va hacia un nido prestado.
Todo funciona bien, se acerca al sol según lo previsto. Ana sólo tiene que estar atenta para accionar los cohetes que la lancen más allá de la órbita solar.
Algunas costumbres fueron remplazadas por otras, los libros por ejemplo. Hace decenas de años que no se fabrica papel, por la escasez de árboles y por el auge de los libros virtuales.
Sin embrago Ana conserva como un tesoro antiguo un libro que lee y relee; pasando sus páginas secas con la yema de los dedos por la superficie áspera, oye el sonido y huele el aroma amarillo del papel viejo. Disfruta de la lectura "a la antigua" con un placer ancestral que sobrevive a la velocidad acelerada de la lectura virtual.
"El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha". La nave viaja por el espacio y ella por los campos manchegos. Quijano lee hasta la locura y Ana lee con Quijano mientras desde la ventana redonda de su habitación voladora entra el brillo de las estrellas.
En pocas horas tendrá que presionar el botón para que la nave no sea aprisionada por el sol. El andante caballero de la brillante armadura arremete contra los molinos de viento y la nave se acerca a la órbita incandescente del sol. Ana deberá interrumpir en algunos instantes la carrera de Rocinante para accionar los controles y asegurar el futuro de la humanidad. Observa la luz del tablero pidiéndole que se prepare y vuelve al molino. "...y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela, con la lanza en ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante, y embistió con el primer molino que estaba delante; y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia, que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo". La nave sigue avanzando hacia la estrella solar, la temperatura comienza a subir y Sancho insiste con "que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no los podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza..." Una sirena suena para despabilar a Ana. "Despabilar", piensa Ana, y tiene una imagen fugaz de Quijano escribiendo al pabilo de una vela. Don Quijote hace oídos sordos a las advertencias de Sancho y Ana está tan lejos que no escucha a su escudero.
La nave se pone al rojo vivo, Rocinante sigue rodando sobre la pradera y el hidalgo caballero gira maltrecho atrapado por los brazos del gigante que según Sancho son las aspas del molino, y los metales se mezclan con los plásticos mientras el jinete que sale disparado y licuado por el calor se dirige al centro de la órbita para formar parte de esa estrella candente junto con Ana, con los gigantes y con Sancho, que insiste en vano por última vez con su bruta cantilena de hombre sencillo, tratando de convencer a Ana de que no son otra cosa que molinos de viento.