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sábado, 9 de noviembre de 2013

PEPERINA

El otro día me encontré con un marciano. Aquí, en Córdoba; es un lugar al que me encanta venir de vacaciones y también a los marcianos.
Yo estaba tomando unos mates con peperina sentado en una piedra cuando una voz me dice:
- ¿Me darías un amargo?
            Me di vuelta y ahí estaba, reconocí que era marciano por su color verde, su enorme cabeza y los dedos índices de sus manos más largos que el resto y con una luz en la punta.
            Ustedes dirán que no existen los marcianos pero yo hablo de marcianos como un gentilicio general, como quien le dice gallego a cualquier español. No sé si era de Marte, tal vez era de otro planeta, no lo sé. Te reconozco un acento cordobés pero el acento marciano no lo tengo.
            Le di un mate y el sorbió por la bombilla.
-         Tiene yuyos- dijo.
-         Sí, le agregué un poco de peperina.
-         Je- dijo- como la canción de Charly
Se hizo un silencio que no llegó a ser incómodo. Él me miraba y parecía divertirse mientras yo lo observaba.
-         Usted no es de acá.- dije – no tiene nada de acento cordobés.
-         No, vine para el 21 de diciembre de 2012.
-         Para el fin del mundo.
-         Sí.- dijo y se puso a reír- estuve en el Uritorco, pero no fue nadie. Me quedé solito esperando reírme de la inocencia de los humanos.
-         El gobierno cordobés cerró el acceso al cerro- le informé.
-         Sí, me salió mal la broma- dijo con un tono de tristeza que me pareció un fingida.
-         Y el mundo no se terminó.
-         Claramente, lo del fin del mundo lo inventé yo.- dijo con el orgullo de quien acaba de inventar la penicilina o las computadoras.
-         No me diga- le dije alargando la mano para alcanzar el mate que me estaba devolviendo el marciano.
-         Sí- dijo- y no fue la primera vez. Usted tendría que haber visto la cara de Noé, pobre. Cómo se puso a laburar para armar ese zoológico flotante.
-         No me diga que fue usted el que le dijo que arme el arca.
-         Le digo nomás- dijo el marciano- los creyentes se creen todo, no por nada se llaman a sí mismos creyentes. Lo de ahora fue más elaborado. Primero tuve que hacerle el bocho a un par de mayas influyentes para que predigan el fin del mundo en nombre de toda la civilización maya, después a esperar y esperar. Pero la verdad es que no valió la pena tanta espera. Hicieron un poco de alboroto y nada más, yo me estaba preparando para hacerme el festín.
-         Pasa, a veces uno planifica con mucha anticipación y resulta un chasco. Una vez planifiqué una fiesta con tres meses de anticipación y sólo fueron un par de amigos.
-         Eso mismo dice mi mujer- dijo el marciano- tenés que ser espontáneo, Cacho, dejarte llevar por el momento.
-         ¿Usted se llama Cacho?
-         No, no. Pero es como los chinos que aunque se llamen Chiu Liung Min terminan llamándolo Martín porque es más fácil de pronunciar. Usted dígame Cacho y listo.
Le di otro mate- Tome- le dije
-         Macanudo, el del estribo- de un saque hizo chistar la bombilla y me lo devolvió. – Me tengo que ir, estoy armando una nueva cachada para ustedes, empecé a difundir la idea de comer sólo alimentos de seres que no sienten, lo llamo veganismo y está prendiendo como lo del fin del mundo en los tiempos de Noé. En cuanto esté más difundido, voy a hacer correr la bola de que las plantas son seres que sufren y gritan en frecuencias que el oído humano no puede percibir. Van a terminar comiendo piedras.
-         Qué ocurrencias tiene.
-         Yo soy Cacho y hago cachadas, pero ustedes caen en todas.- dijo.

Se subió al canasto de una bicicleta y se fue volando, ya estaba oscuro y su silueta se dibujaba sobre la luna. Al final somos iguales en cualquier parte del universo, cuando hay mate con peperina la gente se relaja y te cuenta todo.

miércoles, 30 de enero de 2013

MI GRANITO DE ARENA


En el jardín de mi casa apareció un animal que se come los gusanos y, después de unos días, cuando abre la boca le salen mariposas.
Es como una ostra y a veces pienso que debe ser de una especie similar. La semana pasada, cuando abrió la boca para dejar salir una bandada de mariposas de color violeta brillante, aproveché para ponerle un granito de arena que traje del mar en las vacaciones pasadas.
Hoy a la mañana, mientras tomaba mate sentado frente a ella, abrió la boca y me dejó ver lo que había hecho con mi granito de arena. Sí, yo puse mi granito de arena, y con ese granito de arena ella hizo una perla. 

miércoles, 5 de septiembre de 2012

FLIZ CMPLE EN QUITO

Esta semana dando vueltas por la red encontré un texto mío hecho producción radial en Quito, Ecuador. No sabían que se trataba de un relato de mi autoría y me puse en contacto con ellos que inmediátamente subsanaron ese tema.
Fíjensé cómo quedó, si quieren escucharlo entren aquí

sábado, 1 de septiembre de 2012

La luna en el placard


Hay noches en las que la avenida Juan B Justo cruza Buenos Aires y desemboca en la luna. Podría calcular en qué época del año, qué noche específica el fenómeno se repite, pero elegí el azar para que me sorprenda, para crear la expectativa. De esta manera salgo a la avenida con el anhelo muchas de verla y cada tanto me asombra una luna gigante asomando sobre el puente que pasa sobre la avenida Córdoba.
Por eso camino rumbo a casa, en dirección a la luna que después de haberse detenido unos instantes sobre lo que alguna vez fuera el arroyo Maldonado. Allí se detiene con la ilusión lunática de que el torrente de asfalto vuelva a ser ese curso de agua en el que alguna vez se reflejó.
Voy tarareando una melodía mientras Neruda me cuenta que puede escribir los versos más tristes esa noche, escribir por ejemplo: La noche está estrellada y titilan azules, los astros a lo lejos. La luna comienza a flotar y a elevarse lenta como un animal enorme.
Me gusta pensar que podría ser 13 de septiembre, fecha en que los japoneses se juntaban a mirar la luna, durante el periodo heian. Se dice que salían a reunirse en tertulias bajo el claro cielo del verano y de a ratos hacían silencio para que la contemplación fuera más majestuosa.
En Japón del siglo X miraban la misma luna que en Buenos Aires del siglo XXI, y ella nos mira a todos siglo tras siglo girando alrededor de la Tierra, sobrevolando todos los continentes y los océanos que se ponen en puntas de pie para estar más cerca de ella.
Llego a casa, entro al dormitorio y con la campera en la mano abro el armario empotrado en la pared y así me quedo, extasiado, con la campera en vilo viendo como el cielo estrellado desde adentro se muestra inmenso, “oir la noche inmensa, más inmensa sin ella, y el verso cae al alma como al pasto el rocío”
Cómo entró todo este universo en mi pequeño guardarropa? Mi mente azorada se escondía detrás de mi alma sobrecogida por el espectáculo que mágicamente salía de ahí con sus luces estelares, “el viento de la noche gira en el cielo y canta”.
“Disculpe” dice una voz, desde una cara familiar que se asoma por el fondo del placard, “mañana se lo arreglo, se me fue la mano con la maza. Vio como son estas refacciones, uno sabe cómo empiezan pero no cómo terminan”. Y mientras colocaba un plástico negro sobre el agujero, el universo que mágicamente flotaba en mi habitación caía cómo una marioneta sin hilos.

sábado, 11 de agosto de 2012

LA LLAMADA


Si sonara el teléfono no lo atendería. Hoy no sonó pero tampoco lo atendí. No es quisiera que me llamen sino que tenía ganas de no atender.
Es fácil no atender cuando el teléfono no suena, de hecho la mayoría de la gente que conozco no atiende el teléfono cuando no suena. Lo difícil es no atender cuando está sonando. Uno mismo se inquieta y cede al impulso de levantar el teléfono, la gente que está con uno empieza a decir “atendé” “¿no vas a atender?”. Por eso para no atender es de mucha ayuda estar solo.
El misterio es lo que me atrae. ¿quién será? ¿mi vieja, una amiga, alguna de esas encuestas grabadas, un ofrecimiento de trabajo? Tuve la precaución de borrar todos mis contactos y por más que suene, en el visor no aparece ningún nombre. Tengo calculado las veces que suena hasta que entra el contestador automático.
No estoy loco, loco es el que salta del puente enganchado a un elástico. Lo mío no tiene consecuencias, no hay peligro para mí ni para los demás. Ni siquiera es que no quiera hablar con nadie o con alguien o que no quiera que me llamen. Al contrario si hay algo que quiero es que me llamen para poder no atenderlo.
Si me voy a poner sincero lo que más quiero es que me llame ella. Es a ella específicamente a quien no quiero atender. Quiero que me llame y yo poder no atenderla. Quisiera encontrar la forma de no atenderla, pero que sepa que no es que no estoy o que estoy ocupado, simplemente que no la atiendo. En mi contestador tenía grabado el típico mensaje “en este momento estoy ocupado y no puedo atenderte, dejá tu nombre y te llamaré a la brevedad” y lo cambié por otro: “En este momento estoy escuchando tu llamado, se quién sos pero no pienso atenderte, de todas maneras dejá tu mensaje y no te llamaré ni a la brevedad ni a la eternidad”.
Todos mis conocidos me llamaron menos ella. Mi jefe me echó del trabajo porque pensó que el mensaje estaba dedicado a él. Mi mamá entró en una fuerte depresión porque pensó que no quería hablarle más.
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Sigo esperando que me llame, en cuanto lo haga voy a no atenderla. Tal vez vaya a la casa, toque el timbre en su portero eléctrico y cuando pregunte quién es voy a no contestarle, la voy a dejar con la palabra en la boca. “Soy yo pero no pienso decírtelo”, le voy a decir para que se muera de la duda. Y si me invita a subir no pienso darle el gusto. Que me lo ruegue, que se arrodille. Y si quiere besarme le voy a dar vuelta la cara. No su cara, sino la mía. Ahora que lo pienso me da impresión imaginarme con la cara dada vuelta, la boca en la parte de arriba y las cejas abajo. Sería más fácil hacer la vertical, pero no me va a tomar en serio.
Me voy a quedar a su lado porque si no, no va a poder intentar besarme. Me voy a quedar ahí hasta que lo intente y en cuanto lo haga me voy a ir lanzando una carcajada.
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No lo intentó, incluso creo que se mudó. No me avisó nada, ni un mensaje, ni un mail. Nada. No quiero saber nada de ella, pero quiero que ella lo sepa. Voy a estar esperando en casa a que venga a despedirse para poder ignorarla y verla sufrir.
No veo la hora de que llegue, esta espera es incómoda pero si me viera ni cuenta se daría porque hace días que estoy practicando ignorarla. No va a poder creer tanto desinterés… cuando venga.

sábado, 30 de junio de 2012

ROMA

Últimamente estoy teniendo problemas con la sabiduría popular. Por ejemplo “Todos los caminos conducen a Roma”. Anteayer a la noche comprobé que no es así. Guardé en la mochila el diccionario “español-italiano” y fui a la terminal de trenes y subí al primer tren que llegó.

González Catán no se parece en nada a Roma, pero nada, nada. Es verdad que al principio no me di cuenta pero en cuanto saqué el diccionario y le pregunté a un grupo de transeúntes jóvenes y alegres dónde quedaba la Fontana di Trevi. No me entendieron y pensé que se trataba de turistas que no hablaban italiano así que saqué una foto de “La Dolce Vita” para hacerme entender. Si eran turistas, probablemente sabrían cómo llegar.

Eran argentinos los reconocí cuando me insultaron, los argentinos somos así, puteamos cuando estamos alegres. Entusiasmado le dije lo contento que me ponía encontrar compatriotas en Roma.

El grupo se ofreció a acompañarme a la fuente. De repente me desmayé. Qué dolor de cabeza al despertarme en este cuarto del hospital Posadas.

Por eso les digo con conocimiento de causa. El que inventó la frase no sabía nada o se confundió, pobre. Vaya a saber dónde fue a parar. Cuando lo encuentre lo voy a llevar a González Catán para que se lo expliquen, allá hay gente muy didáctica.

sábado, 19 de mayo de 2012

La pesadilla de Dios


Cuando el universo no era más que noche sin estrellas, sin lunas, sin soles, sin planetas. Cuando el tiempo no se había inventado y la luz no se decidía entre ser materia o energía Dios tuvo su primera pesadilla: soñó que no existía. Necesitaba pruebas de su existencia algo que le permitiera creer en sí mismo.

sábado, 28 de abril de 2012

PROHIBIDO ENTRAR A LOS MONSTRUOS


Golpean la puerta, hace rato que deben estar golpeando porque incluí los golpes en el sueño. Miro el reloj, dudo, no sé si estaba soñando o me despertaron los golpes. Es la una de la mañana, mi compañera duerme, debe haber sido un sueño. “papito” escucho en la voz temblorosa de mi hija detrás de la puerta del dormitorio. Sé que está asustada, reconozco el tono de su pequeña voz de cuatro años.
No contesto porque no quiero que mi compañera se despierte. Me levanto rápido y silencioso, el piso está frío. Abro justo a tiempo para evitar el siguiente llamado. La levanto en brazos “papito, papito, tengo miedo”. Se me aprieta el corazón cuando la tengo agarrada de mi cuello como si no fuera a soltarse en toda la noche, como un cachorro de mono.
-Miedo de qué- le pregunto.
-Le tengo mucho miedo a los monstruos- contesta despacito, pegada a mi oído.
-Si querés dejamos la luz del velador prendida ¿qué te parece?.
-Bueno, pero quédate conmigo.
La llevo a su cama y me siento en el piso, junto a ella, con mi mano en su cabeza.
-¿Te vas a quedar toda la noche?
-Toda la noche no, me quedo hasta que te duermas- No puedo mentirle, no quiero que se despierte, no me vea y piense que la engañé.
-Pero tenés que cuidarme toda la noche. Yo sola no voy a poder.
-Dejame pensar qué podemos hacer, porque yo voy a tener que dormir en mi cama.
Empiezo a cantarle una canción con la esperanza de que se duerma antes de terminarla pero tengo los ojos redondos y abiertos de mi hija mirándome desde el borde de la sábana, como si no fuera a dormirse en toda la noche. Esto no va funcionar, pienso.
-Dibujemos un cartel- pienso y le digo simultáneamente.
-¿Un cartel?-
-Traigo una hoja y vos hacés un dibujo para espantar a los monstruos. Después la pegamos en la puerta de tu dormitorio, entonces cuando los monstruos vean el dibujo, se van a asustar y se van a ir corriendo. No se van a animar a entrar.
La idea parece funcionar, le traigo una hoja y unos crayones. Nos ponemos en el piso y charlamos mientras ella dibuja un monstruo espanta monstruos. Está muy divertida.
Lo pegamos con cinta en la puerta. La acuesto y le doy un beso.
-¡Le falta algo! No te vayas. ¿Y si no se asustan?
Temo que no dormiré en toda la noche -¿qué le falta?-
-Tenés que escribir “Prohibido entrar a los monstruos”.
Con un crayón rojo escribo “Prohibido entrar a los monstruos”
-¿Está bien así?-
-Así está perfecto. Buenas noches, papá.
-Buenas noches, hijita.
-Gracias por espantar a los monstruos.
Vuelvo a la cama, son las dos y media de la mañana. Mi compañera se acurruca en mi pecho, dormida.

sábado, 21 de abril de 2012

Caracol



Debería dejar mi casa, pensé, es verdad que siempre me cobijó, pero hace un tiempo que estoy tratando de subir por este tallo y este maldito caparazón no permite que me mueva con libertad. No es solo por el peso, también es el tamaño, la forma. Tendrían que experimentarlo para entenderme, un solo ambiente todo lleno de vueltas. Para ir de una punta a la otra tengo que dar un montón de rodeos, nunca una línea recta dentro de casa. Mala distribución.
Por eso dejé la carga atrás y subí sin problemas al tallo. No conocía esta sensación de liviandad, esta sensación de viento en todo el cuerpo. Incluso me tiré un rato de espaldas en el césped. Con mi casa a cuestas hubiera sido impensable. De todos modos siento que de un momento a otro tendré que volver a meterme en casa, me estoy secando con mucha rapidez. No lo había previsto.
Vuelvo a buscar mi casa pero no está donde la dejé. Perdí la casa. Alguien se la llevó. Maldita libertad, ahora parezco una simple babosa.
Tuve que refugiarme debajo de una tapa de Gatorade. Soy el hazmerreir del jardín, ningún insecto me toma enserio y se burlan de mí. Me gritan cosas: "andate a la concha...", "qué desconche..." y otras groserías.
Hoy tuve una entrevista con unos ejecutivos de Gatorade que están interesados en mí. Serán mis auspiciantes, sólo tengo que pasear por las paredes de los jardines del barrio sosteniendo la tapa y ellos se encargan de hacerme la vida más fácil.
El que ríe último ríe mejor, dicen, y ahora me río yo. Lástima que los caracoles no tengamos cuerdas vocales, sino escucharían las carcajadas. Me río pero nadie se entera. Así no tiene sentido reír, sólo yo me doy cuenta. Voy a hablar con los de Gatorade para que me instalen en la tapita un dispositivo con risas grabadas. Ahora me van a escuchar en todo el jardín, malditos insectos.

sábado, 14 de abril de 2012

TIMBRE (ring raje)

Me sobresaltó el timbre. Es la primera vez que lo escucho, ni siquiera sabía que había un timbre en esta casa y eso que hace años que vivo aquí. Hace un par de horas que volví de la calle y no había timbre alguno.
Salí en medio de mi confusión, pregunté quién es, pero nadie respondió. Abrí la puerta y me asomé a la vereda, efectivamente no había nadie, razón de sobra para que nadie me contestara. Me metí de vuelta a mi casa y en ese mismo instante el timbre volvió a sonar. Me sobresalté. Voy a que cambiar el rington en cuanto me compre un timbre, pensé, algo de Chopin, o de Queen. Salí otra vez a la calle y el umbral seguía estando vacío. Así como estaba salí al super y me compré un microondas, nada extravagante, en la tele habían anunciado una promoción de cuatro turrones Namur y un microondas que centrifuga.
No confío en las promociones, en mi trabajo hace ya varios años que me vienen prometiendo una y resulta que siempre promueven a otro. Si quiero que me promuevan voy a tener que contratar a mis propias promotoras, con calzas rojas y todo; o disfrazadas de empanadas o de hombre araña en el trencito de la alegría.
Cuando llegué a la puerta de casa sentí la tentación de tocar el timbre y salir corriendo antes de que me abran pero tenía las manos ocupadas con los paquetes y además no tengo timbre.
Golpeé la puerta con la cabeza pero nadie me atendió, debe ser que vivo solo. Debo recordar salir con casco la próxima vez que salga de compras. No tuve más remedio que abrirme yo mismo, no a mí mismo sino la puerta. Eso me da impresión, la sangre me da miedo y por eso soy vegetariano. El problema con las plantas es que si les hablás parar que crezcan mejor, como me sugirió mi abuela, terminás encariñándote con ellas. En el caso de las macetas comunes no hay problema pero si tenés una huerta no es recomendable porque después cuando tenés que comerte el tomate o la lechuga te vas a sentir culpable. Yo, como premisa, no como nada con lo que pueda tener una charla. Con mis padres hace rato que no puedo tener una charla decente, pero ellos no cuentan, no me los voy a comer.
Otra vez suena el timbre. Voy a ver quien es el que toca el timbre y sale corriendo. Puede ser que si corro más rápido pueda verlo antes que desaparezca.
No pude llegar, ahora recuerdo porqué no puse el timbre, para evitar a los que venden biblias los domingos a la mañana y a los que hacen ring raje. Pero parece que los chicos vienen cada vez más ingeniosos, me instalan un timbre, tocan, después lo desinstalan y salen corriendo. Mejor me quedo junto a la puerta mirando por la mirilla. Antes me voy a comprar una porque así no puedo ver nada.
No sé por qué no hay promociones de mirillas, hay de puertas blindadas y de dietas para edelgazar pero de mirillas no. Debe ser que últimamente la gente no mira mucho.
Cuando tenga mis propias promotoras las voy a poner a promover mirillas y se las voy a comprar. Ya tengo todo planificado a mi no me van a embromar con lo del timbre. 

sábado, 21 de enero de 2012

NO ES FÁCIL SER UN HÉROE


Hoy me subí a un avión y me tocó el asiento junto a la puerta de emergencia, de modo que vino la azafata y me dijo que debía leer las instrucciones específicas para el ocupante de ese asiento:
1)      El ocupante de este asiento debe tener más de 15 años
Tengo, pensé.
2)      Debe estar en condiciones de comprender este instructivo.
Estoy en condiciones, pensé otra vez.
3)      En caso de estar próximo a un menor de edad o de un persona con movilidad reducida y si acaso ocurriera una emergencia, usted debe ocuparse del mismo.
A continuación explicaba el modo de accionar la puerta de emergencia. Miré dicha puerta y leí el cartel “push down”. Comprendí todo, ya estaba preparado para ser un héroe, hasta desee que hubiera un accidente para poder entrar en acción.
                Acomodé mi bolso de mano entre debajo de mi asiento pero  inmediatamente acudió la azafata para decirme que aunque en el resto de los asientos eso estaba permitido, en este no, el acceso a la puerta de emergencia debe estar despejado, dijo. Le entregué el entonces el bolso y me dispuse a cerrar los ojos para descansar unos instantes. Sentí la voz de la azafata diciéndome que no podía dormir en ese asiento durante el despegue ni  durante el aterrizaje.
Me despabilé e intenté reclinar el respaldo para al menos estar más cómodo pero la misma azafata me advirtió que ese respaldo no se reclinaba. Los de la puerta de emergencia no se reclinan, dijo.
Así viajé sin mi bolso de mano, sin dormir y ni tan siquiera recostarme.
No es fácil ser héroe en estas condiciones. Por suerte Súperman vuela por su cuenta y Batman tiene su  avión privado.

sábado, 7 de enero de 2012

MI PIE IZQUIERDO

En la puerta del patio el perro duerme sobre un trapo de pisos, su cabeza está apoyada en mi ojota. No se en qué momento me la sacó. Un camino de caracol, tal vez de babosa, atraviesa su plato de comida.
Cada vez que me acerco para recuperar mi ojota mira de reojo y me gruñe. Tendría que darle su merecido. Le grito pero no se da por enterado así que me voy con una sola ojota, no tengo ganas de pelear. Miento, tengo ganas, lo que no tengo es energía.
Héctor es de Laura pero nunca lo reclamó y no creo que a después de tanto tiempo lo haga. Me acuerdo del día que lo trajo, en una caja de zapatos. No crece casi nada dijo cuando vio mi cara. Creció enorme, ahora me sigue con las orejas como si fueran radares, sigue el chancleteo rengo con desilusión, hoy no habrá combate. Cuando hablo de combate no me refiero a un juego, no nos lastimamos pero no se trata de un juego, más bien es una forma de compartir el territorio ahora que Laura no está.
Este lugar me asfixia, dijo, y se fue. Pensé en decirle algo gracioso sobre Héctor y que creció mucho pero no dije nada. Nos dejó a los dos. Las primeras noches durmió junto a la puerta de calle, nervioso, atento. Con el tiempo se acostumbró. Yo no, pero no estoy nervioso.
Salgo a comprar un par de ojotas, en el camino me quemo el pie izquierdo, la vereda a esta hora está hirviendo. Me paro cada tanto haciendo equilibrio sobre el derecho que está calzado.
Por fin estoy volviendo con las ojotas nuevas. Casi tiro la vieja en un tacho de la calle pero cambié de opinión, se lo voy a tirar por la cabeza a Héctor. Me imagino la escena, paf, el sobresalto y el gemido lastimoso. Siento un poco de pena por él pero enseguida se me pasa.
Hace calor, peso mi ojota en mi mano mientras abro la puerta. Héctor duerme, yo agarro la ojota del talón como si fuera a lanzar un cuchillo. Levanto la mano por sobre el hombro y apunto, contengo la respiración, ya estoy disfrutando de la venganza y reprimo una carcajada de placer. Lanzo la ojota, vuela dando vueltas en el aire, pasa por encima de Héctor y rebota contra la pared. Ni se despertó. Me saco la ojota nueva, la del pie izquierdo, corrijo la puntería, esta vez no voy a fallar. La lanzo y ahora si, anticipo la trayectoria, se dirige con precisión a la cabeza, Héctor levanta el hocico y la muerde en el aire. La pone junto a la otra, apoya la cabeza sobre las dos ojotas y sigue durmiendo.
Me voy a dormir una siesta, cuando el sol esté más bajo lo tengo que sacar a pasear.

martes, 3 de enero de 2012

SIRENA



Yonteutikós era de las sirenas, la más joven y como se verá, la última. Su madre, la más bella de las sirenas del Mediterráneo la había parido frente a las costas de Amorgós y para sorpresa de todos los que habían asistido al nacimiento Yonteutikós no emitió ningún sonido, ni un llanto a los que nos tienen acostiumbrados los seres vivos al nacer.
La sirena muda fue la preocupación de todo el grupo de sirenas quienes, propensas como eran a ver negros designios en cualquier tipo de anomalía, comenzaron a tomar distancia de la recién llegada. Atemorizados por lo que puediera significar el fenómeno acaecido en el cardumen, los machos de la especie habían perdido la potencia y el deseo sexual. El clan no tuvo en los siguientes años ningún otro nacimiento.
Llegada a la pubertad, su madre fue a ver al oráculo, Yonteutikós la seguía a unos metros de distancia, nadando con gracia y desplegando sus cabellos que ondulaban como una estela de oro. Era tan hermosa como muda.
El oráculo masticaba unos tallos de algas cuando las vio llegar y dijo “Las estaba esperando”, tal y como dicen todos los oráculos cuando alguien llega. La madre de Yonteutikós no tuvo la necesidad de explicar los motivos de su visita, todos bajo el mar sabían la situación y obviamente el oráculo, quien tenía exelentes informantes, también. Así pasaron las horas ellas flotando graciosamente frente a él hasta que los últimos rayos del sol abandonaron las transparentes aguas del mar. Finalmente el oráculo dijo con gravedad “El silencio es la gran virtud de esta criatura, deberían agradecer que de su garganta no salga sonido alguno”. El oráculo cerró sus ojos con gesto pensativo y los conservó durante largo rato, hasta que las dos sirenas comprendieron que la entrevista había terminado y se alejaron hacia su hogar.
Pasados unos años, a la edad en la que toda sirena está en la plenitud de su belleza y entrando en su período de fertilidad, a la hora exacta del solsticio, el cuerpo de Yonteutikós amaneció acariciado por los rayos del sol que se colaban por entre las olas; su instinto sirenil no pudo contener más la música acumulada y las notas musicales comenzaron a salir, dulces y encantadoras como ninguna sirena nunca antes hubiera oido. Las melodías viajaban desde el fondo hasta la superficie del mar, los peces enloquecidos entraron en celo y los cardúmenes procreaban sin cesar mientras con el correr de los días Yonteutikós cantaba incesantemente. Las costas del Mediterráneo generaron cosechas históricas tanto en sus costas europeas, como en las de África y Asia y el mundo conocido tuvo su período de mayor prosperidad y riquezas. De la abunancia devino la paz y el desarrollo de las culturas costeras legó a su máxima expresión.
Sin embargo, los machos de la especie comenzaron a desvariar, lanzandose contra los acantilados y chocándose unos a otros y sin sentido de la orientación murieron. La especie prosperó por algún tiempo en manos de las hembras que daban rienda suelta entre ellas al desenfreno sexual producido por el canto de Yonteutikós.
Con el devenir de sus últimos años, las sirenas fueron envejeciendo, con excepción de Yonteutikós, quien cantaba hermosas melodías aún durante sus horas de sueño. Habiendo muerto todos sus congéneres, finalmente enmudeció. Una vejez repentina terminó con ella y el océano silencioso la ocultó el cuerpo en su fondo. Ahora sólo las ballenas intentan imitar su canto transmitiendo, generación tras generación, las melodías aprendidas antes de que el hombre aprendiera a cazarlas.

viernes, 30 de diciembre de 2011

UN PERRITO


“Un perrito, un perrito. Quiero un perrito”. Repetía apostando inútilmente al agotamiento de mi papá, pero él era incansable y ya había esgrimido ante mí una serie de argumentos inapelables:
- Lo voy a terminar cuidando yo ¿vos lo vas a sacar a pasear? Hay que sacarlo por lo menos dos veces por día, aunque llueva. Hay que darle de comer, llevarlo a vacunar, desparasitarlo, limpiar sus porquerías, bañarlo, cortarle las uñas…
- Yo voy a hacer todo eso – Con cinco años no tenía ni idea de lo que me estaba diciendo, pero no me importaba porque estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario.
De la mano de papá entró una jaula con dos cotorras que no paraban de gritar todo el día hasta que mamá los tapaba con un repasador y entonces hacían silencio. Pero no duraron ni un mes, parece que estaban enfermas y se murieron.
- Los perros duran más –dije orgulloso de haber encontrado un buen argumento.
- Imposible. A nadie le dura lo que no tiene.
Otra vez no entendí pero igual no dije nada. Quién puede seguir discutiendo cuando los argumentos de nuestro contrincante son incompresibles.
Mi mamá intentó con una rata de laboratorio.
-¿Por qué tienen ratas en el laboratorio?
-Porque hacen experimentos.
Yo miraba a esa ratita blanca, que desde una pecera me observaba con sus pequeños ojos rojos y se movía nerviosamente entre virutas de madera. Imaginaba que le inyectaban cosas raras o lo exponían a algún tipo de radiación extraña y verde. De noche podría convertirse en algún bicho monstruoso que me devoraría mientras yo dormía. “Quiero un perrito” pensaba yo otra vez. Pero mamá estaba tan esperanzada con que el regalo me pondría feliz que tuve que disimular y hacer como que lo estaba. No quería desilusionarla así que la abracé y se lo agradecí. Estuve bien, se puso contenta.
La otra tarde agarré a Martita de la punta de su cola y la puse en la jaula que había sido de las cotorras. Puse la jaula sobre la mesa, la pecera era muy pesada. Desde ahí podía hacerme compañía mientras miraba la televisión. Como si fuera a propósito estaban pasando “Beethoven” que es una película sobre un perro San Bernardo que se llamaba como el músico porque los dueños descubrieron que cada vez que escuchaba la novena sinfonía se ponía a ladrar.
“Quiero que me regalen un perro en vez de esta ratita de porquería” pensé mirando a Martita, pero enseguida me arrepentí ¿y si Martita podía ver lo que yo pensaba? Ella me miraba de a ratos mientras mordisqueaba los barrotes de la jaula. Mejor no la miraba más, me parece que los que te leen el pensamiento lo hacen a través de la mirada. Si no la miraba más estaría a salvo.
Antes de que terminara la película llegó mamá del trabajo.
-¿Martita?
-En la jaula, lo puse ahí porque a la pecera no podía ni levantarla y así la tenía cerca de mí y de paso miramos juntos la tele.
-Pero la jaula está vacía.
La jaula estaba vacía y los barrotes cortados mostraban un hueco por el que obviamente había salido. La buscamos por todos lados pero no la encontramos y al final nos dimos por vencidos. Mamá me decía no te preocupes, pero yo lo único que quería es que Martita esté lo más lejos posible.
-Los perros no se escapan- dije –quieren estar con uno todo el tiempo y te siguen a todos lados y pueden ir con vos hasta al colegio y si alguien te quiere lastimar, te defiende.
Esa noche no pude dormir, la venganza de Martita acechaba en la oscuridad de la noche. En el transcurso de la semana el miedo se fue diluyendo, no pasó nada, debe haberse ido a otra casa, o la pisó un auto. Si, lo del auto me parece que es lo mejor. Una vez vi un animal aplastado en la calle, parecía un gato o una paloma “no mires” me decía mamá tapándome los ojos, “me da impresión”
-Entonces tapate los ojos vos.
-No, después no podés dormir y tenemos problemas en la escuela.
Yo pensaba “¿tenemos?, ¿qué esto de tenemos?”. El que tiene problemas en la escuela soy yo. Ella me lleva, me deja y se va y después yo me las tengo que arreglar solo.
El otro día tuve que quedarme sin recreo, sentado al lado de la tonta de la maestra, sólo por estar dibujando en clase en lugar de escuchar lo que ella decía.
-¿Por qué no está escuchando lo que estoy diciendo, alumno?
-Porque es aburrido- pensé. Pero no, parece que no sólo lo pensé, sino que también lo dije. Es que hay veces que pienso tan fuerte que se me salen los pensamientos para afuera. Sin recreo era malo, pero sentado en el piso al lado de la maestra era peor.
- ¿Qué querés, si tiene los padres separados- le comentó a la maestra de gimnasia.
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Pensé esta vez con cuidado de que se me quedara el pensamiento adentro de la cabeza.
El fin de semana me quedé a dormir en la casa de mis abuelos, mamá trabajaba y papá no sé qué tenía que hacer que no me vino a buscar a la puerta del colegio. Mejor, así la maestra no le pudo contar lo del recreo, se lo contó a la abuela que pone cara de enojo pero a la salida me compra algo en el kiosco y es como si no hubiera pasado nada. Me regaló un vasito rojo de plástico que se hace chatito y se estira como si fuera un telescopio de esos que usan los piratas. Tiene una tapita que se le enrosca para que no se derrame la leche. Me dijo la abuela que es mágico.
En casa nadie cree en dios pero yo sí, me parece. Cuando todos se fueron a dormir me arrodillé al lado de la cama, como en las películas y recé en secreto, con la boca bien adentro del vaso, enseguida le puse la tapa para que no se le saliera el deseo “Quiero un perrito”, después achaté el vaso y lo puse debajo de la almohada y nunca le dije a nadie, solamente a la abuela porque fue la que me regaló el vasito mágico.
Los chicos en el colegio decían que no era nada mágico, pero el fin de semana siguiente, en la casa de la abuela apareció un perro igualito a los de “La noche de las narices frías”. Suerte que le había contado a la abuela lo del deseo, sino no iba a entender de dónde había salido el cachorro.

martes, 8 de noviembre de 2011

BOMBA Y LUCIÉRNAGAS


Yo le doy a la bomba. A veces ponen el motor pero ahora me mandan a bombear a mano para que se me pase la bronca. Igual a mí me gusta bombear. La bomba de agua parece un enano con un solo brazo y yo le doy para arriba y para abajo y cuando la bajo oigo cómo el agua entra en el tanque que está apoyado en una torre de cemento sobre el techo. Es verde el techo, como el marco de las puertas y de los mosquiteros. El mosquitero de la entrada tiene un aparato que cuando abrís la puerta, se cierra sola y hace un ruido como el chirrido de las puertas en las películas de terror y después… paff, un golpe.
Es el chirrido y después un golpe. Ya lo se y me preparo porque el golpe me asusta pero como hace ese chirrido estoy prevenido. Como cuando hay un relámpago y al rato se oye el trueno. Eso me lo enseñó el abuelo, pero lo de la puerta lo aprendí solo.
El brazo de la bomba de agua, que es roja como un buzón, también hace un ruido finito cuando sube y otro que es grueso cuando baja y a mí me gusta que sea parejo como el latido de un corazón: siiiic, chuuuc; siiiic, chuuuc; siiiic, chuuuc. El corazón también es una bomba pero de sangre y no tengo que parar de bombear porque el agua debe ser como la sangre de la casa y también sale por unas canillas enormes que riegan los árboles de ciruelas y de membrillos. Mañana vamos a comer el dulce de ciruelas que hizo la abuela. Me encantaría que ya sea mañana para comer el dulce. La leche la prepara con agua hervida y una lata de leche condensada que le compran a la lancha almacén. Eso me gusta es como el almacén de casa pero pasa flotando por el río.
El tanque debe estar casi lleno y yo ya tengo los músculos de los brazos todos hinchados. No entiendo para qué le agregan agua si la leche directa de la lata es mucho más rica. Una vez la abuela fabricó dulce de leche. Yo no sabía que el dulce de leche se podía fabricar en casa, pensaba que se compraba siempre así, hecho. Puso la lata cerrada adentro de una olla con agua hirviendo y cuando la abrió ¡zas! Se había transformado en dulce de leche.
El agua empezó a chorrear por las paredes del tanque pero igual no voy a parar.
-Pará- me gritan desde adentro de la casa –Ya se llenó.
Pero yo no voy a parar, ella me mandó y ahora no me para nadie. Cuando le dije “pará” a mi prima no me hizo caso, aunque yo se lo decía a los gritos pero ella no me hizo ningún caso y me rompió todas las flores que había juntado para hacerle un ramo a la abuela y después las tiró al río. Maldita. Tuve que pegarle. A ella nunca le dicen nada porque es más chica. Pero siempre va a ser más chica así que nunca le van a decir nada aunque me rompa las flores.
Ahora el agua chorrea por el techo y las paredes de la casa, estoy haciendo llover sobre la casa. Voy a hacer que llueva hasta que el río suba y se inunde toda la isla.
Siento una mano enorme sobre mi hombro, se que es la mano del abuelo aunque no lo vea, pero igual me doy cuenta. Cuando me doy vuelta veo que está todo mojado. Paro, pero el tanque sigue rebalsando con un ruido de tormenta que se va apagando hasta ser solo gotas aisladas.
Ya es de noche y se escuchan las ranas. El abuelo me da la mano y salimos a pasear por la isla. En la otra mano tiene una toalla pequeña con un pato.
-¿Me la prestás?
Moví la cabeza y él se secó la cara. El aire está lleno de luciérnagas titilando. Fuimos al muelle a ver la luna reflejada sobre la superficie rugosa del río.
-Si juntamos un montón de luciérnagas nos podemos armar un sol- dice. Yo no quiero hablar. Nos ponemos a juntar luciérnagas entre el pasto y las ponemos en un frasco de vidrio.
-Es de los que usa tu abuela para poner el dulce así que mañana las soltamos y ponemos el frasco en su lugar, para que no haya bronca.
-Bueno.
-¿Sabés de dónde sacan la luz estos bichitos?
-¿De dónde?
-Cuando es de día se comen pedacitos de sol y los guardan en la panza ¿ves?
-¿Y cuando se coman todo el sol que hacemos? Se va a quedar la noche para siempre.
-No, porque usan los pedacitos a la noche y después abren la boca, la luz sube, el sol se arma de nuevo y sale.
Nos llevamos el frasco y lo pusimos en la mesita, al lado de la cama.
-Ahora sí es una mesita de luz- dice.
Al otro día salí al parque y el sol ya se había armado.

domingo, 2 de octubre de 2011

La operación


A los setenta y cinco años, su abuela decidió operarse de los ojos. Una intervención quirúrgica simple para recuperar la vista, con un pos operatorio insignificante comparado con las operaciones que había sufrido en los últimos años. La acompañó al consultorio para que le hiciera al médico todas las preguntas que necesitara.
El doctor le advirtió que en algunos casos la visión volvía a perderse al cabo de diez o quince años. Ella se puso a hacer cálculos. "Si llego a los 90, no me va a importar" dijo. Así fue que tiempo después ingresó al quirófano. Todo transcurrió dentro de los tiempos previstos por el cirujano.
La acompañó a la casa y la dejó sola a la noche. Al día siguiente iría temprano para ayudarla con las vendas y para verificar que todo estuviese bien.
A las seis de la mañana sonó el teléfono, él se alarmó, era la abuela.
-Hola abuela ¿estás bien? ¿pasó algo?
-Sí, nene, me acabo de levantar.
-Pero tendrías que haberme esperado, abuela.
-Bueno, pero me levanté. Tenía que ir al baño, entonces fui tanteando con las manos, lo más bien ¿sabés? Pero cuando me levanté para volver al dormitorio tanteando y buscando donde apoyarme me dí cuenta de que estaba apoyada en el espejo y  ahí no aguanté más. -lloriqueaba
-¿Qué pasó? ¿por qué llorás?
-Me saqué las vendas, tenía curiosidad.
-¿y ves bien?
-Si, perfecto. Se ve perfecto. Pero es terrible.
-¿qué cosa es terrible?
-Me miré al espejo, es terrible, nene.
-¿Te lastimaste?
-No, pero ahora que veo perfecto me dí cuenta de que estoy llena de arrugas. Yo no sabía.
-Voy para allá, abuela. Acostate que en veinte minutos estoy.
Fue, estaba acostada cuando le llevó la bandeja con el desayuno a la cama. Ella le tomó la cara entre sus manos y se quedó mirándolo. Conociéndolo de nuevo, conociendo esos detalles, esas marcas pequeñas que los gestos dejan en la cara, una cara que simpre reconoció por sus rasgos generales y que ahora se revelaba en sus minucias. El la miró triste. Con la tristeza de ella.
-No importa -dijo la abuela- en unos años voy a volver a ver como antes.
Y se largaron a reir.

viernes, 23 de septiembre de 2011

Aldonza y Alonso

Y entonces Aldonza salía todos los días a buscar una nueva novela de caballería, algún relatos, cuento corto, etc. y lo colocaba en la mesita de luz de Alonso, poniendo sus lentes cuidadosamente encima de la tapa.

-Te dejé algo para que leas antes de dormir, junto a la cama- decía cuando él volvía del trabajo. Pero Alonso Quijano, fiel a las recomendaciones del cura del pueblo, quién ya había quemado gran parte de su biblioteca personal, apartaba los libros y lanzaba sobre Aldonza una mirada reprobatoria.

Cenaban, se contaban sus cosas. Él, lo de siempre en el trabajo, ella algunos chismes vecinales. Se acostaban el uno junto al otro. Se querían. a su modo, con los cuerpos y el alma gastados por el uso y los años. Se puede decir que se amaban y eso dicen antes de cerrar los ojos para dormir “te amo”.

Al día siguiente Aldonza seguirá buscando ese libro con la esperanza de que él lo lea, recupere la locura y ella vuelva a ser Dulcinea.

domingo, 10 de julio de 2011

Desnudos en City Bell

Los viernes Sócrates,  Jorge, Javier y Pedro se juntaban en una quinta. Leían a Marx y discutían hasta que no poder más, entonces salían a caminar por las calles  desiertas de City Bell, cruzaban una plaza brumosa. Noches de lunas amarillas. Volvían despejados y seguían así hasta que iban cayendo en el césped del parque mientras el sol clareaba detrás de la silueta de un ombú que dominaba el horizonte y ahí quedaban hasta que el sol del mediodía no daba tregua y los obligaba a despertar. Lo mismo pasaba el sábado y el domingo. El lunes había que volver al colegio. Caminaban hasta la estación y tomaban el tren a Constitución. Todo ajetreo de locomotora hoy es un eco de aquellos días yendo y viniendo entre City Bell y la Capital.
Un día decidieron prolongar el fin de semana, le agregaron los lunes y con el tiempo fueron bajando las notas en la escuela, consecuencia lógica de faltar una vez por semana. Después daban las materias en diciembre y marzo. No era algo planificado, fue dándose de manera espontánea. Lo hicieron un fin de semana, el siguiente y finalmente quedó instaurado de facto. Sus fines de semana tenían tres o cuatro días.
Un día Sócrates cayó con una botella de licor, quería agregarle alguna bebida al rito de los fines de semana, pero el alcohol los durmió y no pudieron seguir con las discusiones. Quedaron descartadas entonces las bebidas alcohólicas y por extensión los porros. Le declararon la guerra al sueño. La vida les quedaba chica y aunque dormir no era la muerte, ese tiempo de letargo tampoco era vivir.
Una noche de invierno en busca de algo caliente y de rápida preparación se toparon con una caja de Quaker y lo prepararon con leche. Así la pequeña cofradía tuvo su bebida ritual. Una célula revolucionaria independiente que se alimentaba con Quaker y leche y que salía a ver la luna cuando amenazaba el sueño.
Javier llevó un libro de cuentos de Asimov. Se turnában para leerlo en voz alta. Uno de los cuentos describía a un hombre corriendo desnudo por un prado junto a una tropilla de caballos.
- Che, son las tres de la mañana –dijo Sócrates.
- ¿y? -preguntó Jorge.
- Es hora de nuestro paseo nocturno ¿por qué no salimos desnudos? Salgamos como el tipo del cuento. Un tipo libre que sale a correr desnudo. Salgamos a pasear en pelotas. -dijo Sócrates.
- Estás loco. Te pegó mal el Quaker.
- No, en serio.
Pedro le pareció lógico en ese momento. - No es mala idea –dijo- hasta ahora nunca nos cruzamos con nadie.
Javier apoyó- Es cierto, nunca nos topamos con nadie. Para mí que no hay nadie en City Bell.
Sócrates desarrolló la idea- Sí, no hay nadie. Cuando cae el sol, se produce un éxodo. Todos huyen. De noche se convierte en un pueblo abandonado, sólo quedan los perros y nosotros.
-No digas tonterías- resistió Jorge, que veía desesperado cómo la idea nudista avanza con éxito.
-Dale, cobarde -insistió Sócrates- probemos.
Ya todos empezaban a sacarse la ropa, menos Jorge que no daba crédito a lo que estaba pasando- Están todos locos.
-Dale - dijo Javier- si te quedás afuera de esta no te lo vas a perdonar.
-Buen argumento -agregó Pedro y se hizo una pausa. Toda la atención estaba puesta en la
reacción de Jorge, que después de vacilar unos instantes empezó a sacarse la ropa a toda velocidad como quién se mete de golpe en el agua fría. Todos aplaudieron.
- Una vuelta y nos volvemos- dijo Jorge.
Dieron una vuelta y volvieron con la adrenalina tan alta que fue imposible dormir. A la semana siguiente la vuelta se convirtió en dos y luego tres hasta que finalmente fueron desnudos hasta la plaza. Cuatro pelilargos desnudos a las tres de la mañana en una plaza de City Bell. Nadie se les cruzó en el camino, tal vez alguien los haya visto, oculto tras las sombras de una ventana o entre los pliegues de alguna cortina desvelada, tal vez no. El hecho es que nunca fueron molestados durante esos paseos nudistas.
-Escuchen –dijo Pedro sorpresivamente. Todos callan esperando alguna revelación- No, no. Escuchen - repitió haciendo un gesto con las manos, como descorriendo un telón detrás del cual el universo se les presentaba. Pausa y silencio.
-¿Qué? - dijo Jorge perdiendo la paciencia- ¿Qué escuchemos qué?
-El silencio. Escuchen el silencio.
-Esto no es silencio- dijo Javier- se escuchan grillos y escuchá… se oye un perro ladrando lejos.
Cuando hacen silencio se oye el ladrido de un perro a distancia- Ahí tenés -dice mientras da un golpe sobre la palma de una mano con el reverso de la otra. Era una muletilla que tenía Javier y la usaba cada vez que confirmaba un argumento.
- El silencio no existe- dijo Sócrates
- Si nadie hiciera ruido, entonces habría silencio- dijo Jorge
- Si nadie hiciera ruido, pero eso es imposible. Siempre alguien o algo hace ruido así que como la premisa es imposible, la consecuencia no es probable. El condicional “habría” no se cumple nunca porque la condición “nadie hiciera ruido” no es posible- argumentó Sócrates
-El silencio es una abstracción, es una creación de la imaginación humana -dijo Pedro.
- Por eso, no existe en el mundo real- dijo Sócrates
Jorge, que siempre tardaba un poco más en entrar en esos juegos dijo- si el silencio no existe, tampoco existe la matemática. -Todos lo miramos sin entender la relación- también es una creación de la mente humana, una abstracción ¿o no?- Agregó.
-Cómo no va a existir la matemática –dijo Pedro- ¿me vas a decir que todos los años tengo que rendir examen de algo que no existe?
Todos rieron. Rieron hasta quedar agotados, a los gritos. Su total desnudez desaparecía en medio de la noche, vestidos de inocencia.
-El silencio es real, lo que pasa es que está oculto entre todos esos ruidos -dijo Javier señalando hacia delante- Pero ahí está el silencio, yo lo escucho -agregó agravando la voz y creando un clima dramático.
- ¿Cómo vas a escuchar el silencio? Es una contradicción- dijo Jorge
- Es como ver la oscuridad – dijo Pedro.
- ¡Como tocar la nada! – dijo Sócrates
- Como oler con la nariz tapada –dijo Pedro.
Y siguieron con la lista de ejemplos riéndose a más no poder: como un mudo gritando, como un paralítico corriendo, etc. Javier empezaba a inquietarse, era el único que no se reía.
-¡No! -interrumpió con un grito. Un perro se puso a ladrar y luego lo siguió una jauría de ladridos que se fueron apaciguando poco a poco- El silencio es un monstruo.
-Un monstruo mudo- siguió bromeando Sócrates.
- Basta, paren un poco que con el quilombo, nos van a mandar a la policía, ¿no ven que estamos en bolas?- dijo atemorizado Jorge
-Les voy a mostrar lo que es el silencio -dijo Javier. Se paró encima del banco  y gritó-¡Mamá! - Se quedaron petrificados por el asombro, los perros de las casas cercanas se pusieron a ladrar como locos. Cuando empezaron a recuperarse volvió a gritar-¡Mamá!- Los perros se callaron de golpe.
Todos seguían petrificados. El grito de Javier, desgarrado y desgarrador los invadía, un grito solo y una respuesta que no sabían si alguna vez llegaría.
Ahí tenés el silencio -dijo golpeando la palma de una mano con el revés de la otra. De un salto bajó del banco y volvimos a la casa. Estaba refrescando, el sol se insinuaba a lo lejos y en cualquier momento alguien saldría a la calle, tal vez regresando de ese éxodo nocturno y ninguno  quería ser visto así, desnudo.